Posicionarte contra la inercia global es uno de los principales riesgos en política internacional y en la vida en general. No es fácil defender una postura cuando ésta no es popular y cuando va en contra de lo que dice la mayoría. Esto es precisamente lo que hizo el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, al inicio de la guerra de Irán. Fue tajante con su postura al defender el no en la guerra. Sánchez se desmarcó de la lógica de blogs y reivindicó el derecho internacional y el multilateralismo como única salida viable.
Esta postura inicial fue interesante y arriesgada, pero más interesante fue lo que vino a continuación. El rechazo a la guerra ha dejado de ser patrimonio de un espacio ideológico concreto para convertirse en un terreno transversal. Encuestas recientes evidencian que una clara mayoría de la población española está en contra de la guerra, una oposición que es común en distintos partidos políticos y en diversas sensibilidades.
El diputado en el Congreso de ERC, Gabriel Rufián, lo ha dejado claro en la cámara recientemente, aunque ha introducido un matiz: estar en contra de la guerra no es apoyar a un gobierno, sino rechazar una violencia que siempre afecta especialmente a los mismos, a la población civil, a los niños y a las personas vulnerables.
Rufián recordaba que líderes que están lejos de la izquierda, como la italiana Giorgia Meloni, el alemán Friedrich Merz o el francés Emmanuel Macron, con sus recientes afirmaciones, han llevado el debate a un plano moral. De hecho, posiciones alejadas de los socialistas han coincidido en calificar el conflicto como un error y han reclamado la necesidad de reforzar el orden internacional.
El ruido que se ha generado en torno al tema nos hace correr el riesgo de centrarnos en quién tiene razón y olvidar porqué es importante tenerla. El diputado independentista era contundente al decir que estar junto a quien amenaza a tu país te hace lacayo, no un patriota. Que estar en contra de que bombardeen escuelas no te hace ser de derechas o izquierdas, sino que te hace humano. Porque, en definitiva, en este caso, tal y como recordaba Rufián, no se trata de líderes ni de siglas, sino de salvar vidas.








