Hay un cansancio que no siempre se quita durmiendo.
Es ese que aparece cuando llevas demasiado tiempo intentando llegar a todo: al trabajo, a la familia, a los pendientes, a lo que esperan de ti y, por supuesto, a lo que tú mismo esperas de ti.
Y no solo hay que llegar. Hay que hacerlo bien. A veces, incluso perfecto.
Por fuera puede parecer que todo está bajo control. Cumples, resuelves, organizas, sigues adelante. Pero por dentro la sensación puede ser muy distinta: siempre queda algo pendiente, algo que podrías haber hecho mejor o esa incómoda sensación de que todavía no es suficiente.
En consulta me encuentro muchas veces con personas muy responsables, de esas que aparentemente pueden con todo y que rara vez se permiten fallar. Y precisamente ellas suelen llegar tremendamente cansadas.
No necesariamente porque hagan más que los demás, sino porque viven con una exigencia interna que pocas veces descansa.
Si algo sale bien, era lo que tenían que hacer. Si algo sale mal, aparece inmediatamente el reproche: “Debí hacerlo mejor”, “¿Cómo pude equivocarme?”, “Tendría que haberme dado cuenta”.
Y aquí hay una diferencia importante. Una cosa es ser responsable, querer crecer y aprender de nuestros errores. Otra muy distinta es sentir que cada error dice algo sobre quiénes somos. Porque cuando esto sucede, ya no pensamos simplemente: “Esto no me salió bien”.
Empezamos a sentir: “Yo no lo hice bien. Yo fallé”.
Y eso pesa.
La autoexigencia, además, suele tener buena fama. La confundimos fácilmente con compromiso, responsabilidad o ganas de superarnos. Y claro que querer hacer las cosas bien puede ser algo positivo.
El problema aparece cuando nunca llegamos a sentir que es suficiente.
Cuando conseguimos algo y nuestra cabeza ya está pensando en lo siguiente. Cuando descansar nos hace sentir culpables. Cuando pedir ayuda cuesta muchísimo o cuando decir “hoy no puedo con todo” se vive casi como una derrota.
Quizá parte de cuidarnos también consista en aceptar algo que parece muy sencillo, pero que a muchas personas les cuesta muchísimo:
No tenemos que hacerlo todo bien todo el tiempo.
Podemos equivocarnos.
Podemos tener un mal día.
Podemos cambiar de opinión, pedir ayuda o dejar algo para mañana.
Incluso podemos hacer algunas cosas simplemente “suficientemente bien”.
Y no pasa nada.
Bajar la autoexigencia no significa volvernos conformistas ni dejar de crecer. Significa aprender a avanzar sin estar peleándonos constantemente con nosotros mismos.
Por eso, quizá hoy valga la pena hacerse una pregunta:
¿Estoy intentando hacer esto bien o estoy intentando demostrarme que soy suficiente?
Porque a veces detrás de tanta exigencia hay algo mucho más profundo: la necesidad de sentir que valemos, que somos reconocidos, queridos o suficientes.
Y nuestro valor no debería depender de cuánto hacemos, cuánto resolvemos o cuántas veces acertamos.
Quizá no necesitas exigirte un poco más.
Quizá necesitas empezar a hablarte de otra manera cuando las cosas no salen como esperabas.
Porque también en esos días en los que no llegas a todo, te equivocas o simplemente estás cansado, sigues siendo tú.
Y eso también merece ser tratado con amabilidad.
Si algo de este artículo resonó contigo y sientes que necesitas comprender mejor lo que estás viviendo emocionalmente, puedes escribirme. Estaré encantada de acompañarte.
Dra. Cristina Amézaga
Psicóloga e Hipnoterapeuta
Terapeuta de pareja y familia
Nº de Colegiada: AO13874
IG: @cristina.amezaga








