Parece mentira, pero solo han pasado cuatro meses. El 22 de diciembre, hace apenas un invierno, el Espanyol salía de San Mamés con una victoria en el bolsillo y el pecho inflado. Carlos Romero había clavado una volea desde fuera del área y Pere Milla había rematado la noche del último partido de 2025 con el gol que cerraba un año de ensueño. Quinta victoria seguida, quinta posición en la tabla y una palabra —Europa— que volvía a pronunciarse sin miedo al ridículo. Alguien, incluso, se atrevió a decir Champions.
Hoy, domingo 19 de abril, aquel relato ya no existe. El segundo Espanyol de la temporada —el que ha jugado todo 2026— es un equipo irreconocible, con catorce jornadas encadenadas sin ganar y con la mirada puesta en dos tablas a la vez: la de arriba, donde Europa continúa siendo una especie de oasis a seis puntos, y la de abajo, donde el descenso ya no queda tan lejos como hace solo un mes. Si alguien hubiera explicado esto la noche de San Mamés, se lo habrían mirado con cara extraña.
Cuando el calendario se volvió cuchillo
El punto de inflexión tiene fecha: 3 de enero. Primer partido del año, derbi en el RCDE Stadium, el Barça delante. Dos goles en la recta final —Olmo y Lewandowski— dejaron un 0-2 que dolió más de lo que parecía. No tanto por el resultado, que dentro del orden natural del fútbol cae del lado previsible, sino por lo que activó: una dinámica que el equipo todavía no ha sabido romper. Desde aquella noche, los de Manolo González apenas han rascado algún punto de vez en cuando, un goteo de empates discretos, algún partido digno —el 0-0 en La Cartuja ante el Betis, prácticamente la única nota positiva del trimestre— y un montón de derrotas que han ido desgastando al vestuario.
Las causas, como siempre ocurre, son múltiples. Los rivales, para empezar, han descubierto cómo detener a aquel Espanyol valiente, intenso y directo que sorprendía en las primeras jornadas: el factor novedad ya no está. A esto se añade un descenso notorio del rendimiento individual de algunos hombres que habían sido determinantes en la primera vuelta, y la dificultad de Manolo González para introducir variantes cuando el plan inicial no funciona. Ha habido, también, algunas decisiones arbitrales mal digeridas en el vestuario. Todo ello, un cóctel que se ha ido espesando jornada tras jornada.
La noche del Camp Nou, como un resumen
Si se busca una imagen que condense todo lo que ha pasado, sirve la del segundo derbi, el del pasado 11 de abril en el Camp Nou. Dos goles tempraneros de Ferran Torres, un Espanyol acobardido hasta el descanso, una reacción de Pol Lozano que durante diez minutos hizo volver a soñar y, enseguida, la sentencia: Lamine en el 3-1, Rashford cerrando el 4-1. La reacción existía, pero no llegaba ni al tercer acto. Pol Lozano, precisamente, acabó cerrando las redes sociales pocos días después, cansado de los insultos que le llegaban. Fernando Calero, en declaraciones posteriores al partido, describió el 2026 de su equipo con una franqueza poco habitual en el fútbol profesional: una segunda vuelta pésima, dijo, con un adjetivo más grueso que el que ponemos aquí.
Los números duelen. Del quinto puesto con el que el equipo cerraba el 2025, el Espanyol ha pasado a un décimo puesto con 38 puntos. Un botín minúsculo para casi cuatro meses de competición. Y lo que es peor: empatado con Girona, Osasuna y Athletic, en un tramo de la tabla donde todo el mundo frena a la vez y donde ya se tiene que empezar a mirar hacia atrás. El Mallorca, que marca el descenso, está a siete puntos que mañana pueden ser seis.
Reflexionar, también, forma parte del plan
Esta semana, el parón por el fin de semana de la final de la Copa del Rey ha servido de excusa para algo que ya necesitaba el vestuario: detenerse. Manolo González ha dado tres días de fiesta a la plantilla —lunes, viernes y sábado— para que los jugadores aprovechen para respirar antes del tramo más determinante del curso. Es una decisión curiosa, en plena crisis: en lugar de apretar, dejar descansar. Pero tiene su lógica. El equipo llega mentalmente saturado, con la presión subiendo cada jornada, y quien ha visto entrenar al Espanyol las últimas semanas habla de una plantilla cansada de la cabeza antes que de las piernas.
El siguiente episodio llega el jueves 23 de abril, Sant Jordi, en Vallecas. Un desplazamiento que hace seis meses parecía una parada más del calendario y que ahora se ha convertido en una especie de examen: sacar algo de Vallecas, o no sacarlo, dirá mucho de hacia dónde camina el final de curso. Enfrente, paradójicamente, un rival más tocado de lo que parece: el Rayo ha llegado a semifinales de la Conference League, sí, pero arrastra el cansancio de la aventura europea y llega al partido con tres de los cuatro centrales habituales —Lejeune y Mendy por sanción, Luiz Felipe tocado del hombro— fuera de la convocatoria. Es una oportunidad, visto así. También es una trampa, leído en clave perica: nada más fácil que volver a fallar cuando todo invita a no fallar.
Después de Vallecas, el diluvio
Al día siguiente llega la parte realmente incómoda del calendario. Si en Vallecas no se suman puntos, el partido siguiente —recibir a un Levante que se juega la permanencia en el RCDE Stadium— se convierte en un examen de verdad. Y después vienen a Cornellà Real Madrid, Athletic y Real Sociedad, con visitas a Osasuna y Sevilla de por medio. Ninguno de estos duelos tiene buena pinta sobre el papel. La matemática todavía no es dramática —con 38 puntos, la permanencia está al alcance con una o dos victorias—, pero el fútbol ya hace semanas que no se lee con aritmética, sino con la cabeza. Y las cabezas, ahora mismo, duelen.
Lo que queda, que no es poco
Queda, eso sí, la certeza de que este Espanyol —el que ahora duda— fue una de las mejores noticias de la primera vuelta de la Liga. Remontó al Atlético en Cornellà el día del debut, empató en el Metropolitano, plantó cara al Real Madrid y compitió con los grandes durante cinco meses largos. Aquella etapa no ha desaparecido; solo ha quedado enterrada bajo el peso de un año que se está haciendo demasiado largo. Si el grupo reencuentra la idea que lo llevó a encadenar cinco victorias antes de Navidad, todavía hay tiempo. Si no, tocará digerir el hecho de que una temporada de ilusiones se ha convertido, en tres meses y medio, en un ejercicio de aguantar. En Cornellà saben desde hace años que la salvación, al final, siempre se acaba escribiendo en la última página. Solo que esta vez nadie la esperaba tan pronto en el guion.









