Esta semana, en una antigua prisión reconvertida en centro cultural, decenas de colectivos que sostienen la vida cultural barcelonesa fuera de los grandes circuitos se juntaron para debatir. Y lo que empezó como un diagnóstico compartido terminó siendo algo más parecido a una declaración de intenciones.
Las Jornades de Treball de Cultura de Base i Comunitària reunieron durante dos días en el Centre Cultural La Model a espacios de la contracultura, equipamientos de gestión comunitaria, cooperativas y proyectos de economía solidaria. No venían solo a pedir más recursos. Venían a cuestionar el modelo.
Un diagnóstico compartido
Diego Salazar, socio fundador de la cooperativa Connectats e impulsor del proyecto Fes! Cultura, puso sobre la mesa el problema de fondo: mientras el modelo cultural privado y el institucional tienen reconocimiento político y mediático, la cultura de base y comunitaria —un sector que engloba cientos de espacios y proyectos— sigue sin existir oficialmente. Y eso, apuntó, es un error de ciudad. Porque esta cultura no entiende la práctica artística como un producto que vende una empresa ni como un servicio que presta la administración, sino como algo que ocurre en los barrios, con los vecinos como protagonistas.
Las cifras que se manejaron en el encuentro fueron contundentes. Los 112 millones destinados a ampliar el MNAC, los 16 para el Macba, los 70 para una nueva sede del Liceu en el Port Vell o los 11 para el futuro teatro Génesis contrastan con los apenas 15 millones que el ayuntamiento dedica al conjunto del tejido cultural de base. Salazar lo resumió sin rodeos: esa diferencia delata un modelo que prioriza el turismo y el negocio urbanístico frente a la cultura que se arraiga en los barrios. Semolina Tomic, directora del Antic Teatre, fue aún más directa y calificó los patronatos y fundaciones que gestionan los grandes recintos como «un entramado neoliberal muy heavy a favor de muy pocos».
Propuestas concretas y alianzas nuevas
A diferencia de ediciones anteriores, el encuentro no giró solo en torno a demandas sectoriales. Había ganas de sumar fuerzas con otras luchas ciudadanas. Tomaron la palabra portavoces del movimiento Regularización Ya!, del colectivo No a l’Ampliació del Macba, de la Plataforma de Gestió Ciutadana —que agrupa entidades que gestionan 80 proyectos— y de Cultura Coop, con 120 cooperativas culturales en Cataluña.
De los debates salieron propuestas concretas: abrir una vía de interlocución directa con el Ministerio de Trabajo —no con el de Cultura— para regularizar las condiciones laborales del sector; elaborar un censo de edificios públicos para detectar quién los gestiona y exigir fórmulas de cogobernanza comunitaria; crear un observatorio que haga transparente el reparto de los presupuestos culturales. También se habló de reforzar el Laboratorio Jurídico de la Xarxa d’Economia Solidària con demandas específicas del ámbito cultural.
La asamblea de cierre, moderada por la arquitecta Itziar González, presidenta del Observatori Ciutadà Contra la Corrupció, intentó ordenar tanto material. No fue fácil. Pero del debate emergió con claridad una apuesta: construir una alianza sólida entre los espacios de cultura de base y el ecosistema de cooperativas y asociaciones de la economía social y solidaria.
Ausencias que dicen mucho
Al acto de conclusiones no acudieron varias autoridades que habían confirmado su asistencia. Ni el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, ni ningún representante del gabinete del alcalde Jaume Collboni aparecieron por La Model. Tomic lo dijo sin ambages: denunció la ausencia del PSC y recordó que su obligación era estar allí.
Las únicas formaciones políticas que sí estuvieron fueron Barcelona en Comú, ERC y la CUP. Con las municipales de mayo de 2027 cada vez más cerca, el mensaje de los colectivos reunidos esta semana fue claro: ya no se conforman con sobrevivir desde los márgenes. Quieren cambiar las reglas del juego.







