La carrera por la Presidencia de Brasil ha comenzado oficialmente con un escenario que combina dos candidaturas capaces de concentrar buena parte del electorado y una franja considerable de votantes todavía susceptible de cambiar de posición. El nuevo Datafolha sitúa a Luiz Inácio Lula da Silva en el 39% de las preferencias para la primera vuelta, seis puntos por encima de Flávio Bolsonaro, que alcanza el 33%. En una eventual segunda vuelta, la distancia se reduce a cuatro puntos: 47% frente a 43%, respectivamente.
La encuesta revela, además, que la división política brasileña continúa atravesando variables sociales, económicas, territoriales y religiosas. Lula conserva una posición particularmente favorable entre las mujeres, los electores de menores ingresos y los votantes negros, mientras Flávio encuentra un terreno especialmente receptivo entre los evangélicos y en sectores del electorado con mayor identificación con la derecha. El Nordeste permanece como uno de los principales núcleos de apoyo al presidente, mientras el candidato del PL consigue mejores resultados en el Sur.
El mapa regional, sin embargo, no presenta un país dividido en bloques perfectamente homogéneos. El Sudeste, región decisiva por su peso demográfico y económico, aparece como un territorio de competencia mucho más estrecha. La propia distribución territorial de las preferencias demuestra que ninguno de los dos principales candidatos puede considerar asegurado el voto de las regiones más pobladas.
La dimensión religiosa ofrece otra de las fracturas más pronunciadas. Entre los evangélicos, Flávio Bolsonaro alcanza el 62%, frente al 29% de Lula. La diferencia contrasta con el comportamiento de otros grupos religiosos y confirma el peso electoral adquirido por las iglesias evangélicas en la política brasileña. Más que una simple cuestión confesional, el dato refleja la consolidación de identidades políticas que se han ido superponiendo a las tradicionales divisiones partidistas.
Pero la principal incógnita de la campaña puede encontrarse fuera de esos electorados más fieles. El análisis de Leonardo Barreto, de Think Policy, identifica al electorado de centro como el segmento con mayor movilidad. Según el especialista, mientras los grupos alineados con Lula y Bolsonaro presentan variaciones mucho menores, el centro ha registrado una oscilación de 76 puntos desde enero. Ese comportamiento convierte a los electores menos identificados con los dos polos en uno de los principales objetivos de las campañas.
La disputa por el Senado ofrece, entretanto, una fotografía diferente. En Minas Gerais, segundo mayor colegio electoral del país, Marília Campos aparece numéricamente primera con 11%, seguida por Carlos Viana, con 8%, Domingos Sávio, con 6%, y Marcelo Aro, con 5%. Sin embargo, la ventaja de la candidata del PT no permite hablar de liderazgo consolidado: la margen de error de tres puntos coloca a los cuatro en empate técnico. Además, 24% de los electores aún se declara indeciso y otro 21% optaría por el voto blanco, nulo o por ninguno de los candidatos.
El Datafolha escuchó a 2.058 personas de 16 años o más en 128 municipios, entre el 18 y el 20 de agosto, con un margen de error de dos puntos porcentuales y un nivel de confianza del 95%.
La encuesta ofrece, por tanto, una fotografía inicial más que una sentencia electoral. La polarización ya estructura la disputa, pero todavía no determina su desenlace. Lula y Flávio parten con bases sólidas y enfrentadas, mientras una porción relevante del electorado conserva suficiente distancia respecto de ambos como para convertir los próximos meses de campaña en una batalla por conquistar precisamente a quienes todavía no consideran escrito su voto.









