Vivienda, inmigración y jóvenes: el nuevo campo de batalla. Ésta ya no es la Cataluña de 2017. El independentismo permanece, pero ha cambiado. Y también han cambiado las preocupaciones de los ciudadanos. La vivienda aparece como el principal problema para aproximadamente un tercio de los entrevistados.
La inmigración ocupa el segundo lugar y constituye la primera preocupación entre los votantes de Aliança Catalana y Vox, aunque su presencia es mucho más transversal.
La izquierda cometería un enorme error si interpretara que hablar de inmigración significa aceptar el marco ideológico de la extrema derecha. La sociedad ya está hablando de inmigración.
Por tanto, una izquierda democrática necesita construir su propia respuesta. Legalidad. Derechos y deberes. Orden. Integración. Convivencia. Recursos suficientes para los municipios. Educación. Empleo. Y rechazo absoluto de la xenofobia. Europa, España y Cataluña necesitan inmigración por razones demográficas y económicas, pero necesitar inmigración no significa renunciar a gobernarla.
Integrar tampoco significa exigir a nadie que renuncie a su origen. Significa construir ciudadanía común alrededor de nuestras leyes, nuestros derechos y nuestros valores democráticos. Pero tampoco podemos permitir que la inmigración oculte el principal problema material que identifica la encuesta: la vivienda. Cuando una generación trabaja y no puede emanciparse, la democracia tiene un problema.
Cuando un salario no permite pagar un alquiler, la democracia tiene un problema.
Cuando vivir en Barcelona o en buena parte de su área metropolitana comienza a convertirse en un privilegio, tenemos un problema político de primera magnitud.
La encuesta muestra, además, una sociedad que reclama una intervención pública considerablemente mayor en esta materia: un 45 % apuesta por regular los precios y otro 38 % por incrementar la vivienda pública y las ayudas.
Y contiene una advertencia para el Govern: solo un 18 % de los encuestados considera que se están cumpliendo los compromisos sobre construcción de vivienda protegida. Detrás del problema habitacional existe otro dato que tampoco puede ignorarse: un 24 % afirma que sus ingresos son insuficientes y tiene dificultades para salir adelante, mientras otro 7 % los considera totalmente insuficientes para vivir. Éste es el terreno político del presente.
Una generación que no puede acceder a una vivienda no necesita una nueva batalla de banderas. Necesita una casa. Una familia que espera atención sanitaria necesita que funcionen sus servicios públicos. Un trabajador cuyo salario pierde capacidad adquisitiva necesita recuperar seguridad económica.
Y una sociedad preocupada por la inmigración necesita una política capaz de hablar simultáneamente de integración, legalidad, derechos, deberes y convivencia, sin xenofobia pero también sin negar los problemas. La respuesta al miedo no puede ser solamente moral: tiene que ser material. Existe además otra señal especialmente preocupante.
Aproximadamente la mitad de los encuestados considera que Cataluña va por mal camino y solo alrededor de un 20 % cree que avanza en la dirección correcta. Entre los jóvenes, la percepción negativa se aproxima al 60 %. Una democracia puede sobrevivir a muchas crisis.
Lo que difícilmente puede permitirse es que sus jóvenes dejen de creer que mañana vivirán mejor que hoy. Si estudiar no garantiza oportunidades, trabajar no permite independizarse, alquilar una vivienda resulta imposible y formar una familia se convierte en un proyecto permanentemente aplazado, aparece una generación disponible para la ruptura. Y las respuestas radicales encuentran ahí un terreno fértil.
Quien explica el malestar puede construir la mayoría. Antonio Gramsci comprendió que la política no consiste solamente en controlar gobiernos. Consiste también en construir hegemonía y convertir determinadas interpretaciones de la realidad en sentido común.
Stuart Hall estudió después cómo el thatcherismo había aprendido precisamente esa lección. Ernesto Laclau analizó la capacidad de articular demandas sociales diferentes alrededor de determinados significantes políticos. Wolfgang Streeck ha estudiado las tensiones que aparecen cuando el capitalismo democrático deja de proporcionar simultáneamente seguridad y expectativas de progreso. Sus reflexiones siguen siendo útiles para entender la Cataluña de hoy. Una crisis de vivienda no es automáticamente de izquierdas. Una lista de espera sanitaria tampoco.
Un salario insuficiente no es de izquierdas. La preocupación por la inmigración tampoco pertenece inevitablemente a la derecha. Los problemas no votan. Las personas sí.
Y lo hacen después de interpretar quién consideran responsable de lo que les sucede. Ahí reside la batalla. Cuando una persona siente que su vida empeora necesita una explicación. El populismo ofrece una extraordinariamente sencilla: un culpable. El inmigrante. Bruselas. Madrid. Cataluña. Los políticos. Los jueces. Las élites. Donald Trump comprendió perfectamente ese mecanismo y el trumpismo ha convertido la simplificación, la polarización, la construcción permanente de enemigos y la deslegitimación institucional en un método político exportable.
Pero también contiene su propia contradicción. Se puede movilizar durante un tiempo a una sociedad contra alguien. Lo difícil es gobernarla indefinidamente contra alguien. Porque finalmente llegan las preguntas. ¿Dónde está mi vivienda? ¿Dónde está mi médico? ¿Por qué mi salario no alcanza? ¿Por qué mis hijos tienen menos expectativas que yo? La indignación puede ganar elecciones. Pero no construye viviendas ni escuelas. No reduce listas de espera. No garantiza pensiones. Y ahí reaparece una oportunidad para la socialdemocracia.
La socialdemocracia resiste, pero debe renovarse. Lo he defendido anteriormente y sigo creyéndolo: la socialdemocracia resiste. Durante años se anunció su desaparición. Después llegó la crisis financiera de 2008 y los Estados tuvieron que sostener el sistema.
Llegó una pandemia y fueron los hospitales, los trabajadores públicos y los Estados quienes protegieron a nuestras sociedades. Llegaron la guerra en Europa, la crisis energética, la inflación y una nueva incertidumbre geopolítica.
Y reapareció una vieja pregunta: ¿quién protege a la ciudadanía? Pero resistir ya no basta. La izquierda europea necesita recuperar una palabra que nunca debió regalar: seguridad. Seguridad no significa solamente policía. Seguridad es saber que, si enfermas, tendrás un médico. Que tus hijos tendrán una escuela pública digna. Que tu salario permitirá vivir. Que podrás acceder a una vivienda. Que tendrás una pensión. Que las reglas migratorias serán claras. Que quien llegue tendrá derechos y deberes. Que los barrios seguirán siendo espacios de convivencia. Eso también es seguridad.
Y debería ser una bandera profundamente socialdemócrata. Aquí puede encontrarse también una oportunidad para el PSC. Cataluña reúne prácticamente todos los grandes conflictos políticos del siglo XXI: identidad, inmigración, vivienda, turismo, industria, lengua, globalización, transformación tecnológica, envejecimiento, desigualdad y servicios públicos.
Si el socialismo catalán consigue ofrecer respuestas eficaces a esas cuestiones, Cataluña puede convertirse en un laboratorio de renovación socialdemócrata. No para regresar nostálgicamente al siglo XX. Para construir la socialdemocracia del XXI. Una izquierda que defienda el Estado del bienestar y comprenda la economía global. Que proteja la propiedad y recuerde su función social. Que defienda la inmigración y exija integración. Que impulse la transición ecológica sin cargar sus costes sobre trabajadores y clases medias. Que abrace la inteligencia artificial sin permitir que sus beneficios agraven la desigualdad. Que reconstruya vivienda pública. Que proteja la sanidad y la educación. Y, sobre todo, que vuelva a ofrecer futuro.
Una hipótesis: la concentración democrática. Quiero plantear finalmente una hipótesis estrictamente interpretativa. No es una predicción matemática ni algorítmica. Las encuestas fotografían un momento. Las elecciones introducen campañas, candidatos, debates, acontecimientos y también el voto útil.
Cuando determinadas opciones pequeñas se desfondan o cuando una parte del electorado percibe un riesgo de polarización extrema o de ingobernabilidad, puede producirse una concentración del voto alrededor de las candidaturas que se perciben capaces de garantizar estabilidad. No afirmo que vaya a ocurrir. Pero sociológicamente no puede descartarse.
Y ahí el PSC puede disponer de una posición estratégica: presentarse no como una opción más dentro de la fragmentación, sino como un espacio capaz de articular acuerdos dentro de una Cataluña profundamente plural. Una encuesta no es una sentencia. Faltan campañas. Candidatos. Debates. Economía. Decisiones gubernamentales. Acontecimientos nacionales e internacionales. Todo puede modificar el comportamiento electoral. Pero la señal merece ser escuchada. Existe malestar. Existe fragmentación. Existe una mutación del independentismo. Existe crecimiento de las derechas radicales. Existe preocupación por la inmigración. Existe una emergencia habitacional. Existe desafección juvenil.
Y existe una demanda de seguridad mucho más amplia que la estrictamente policial.
Del procés a una nueva mayoría social. Ésa es, en mi opinión, la verdadera transición que está viviendo Cataluña. Durante años el procés obligaba a responder: ¿Cataluña o España? Ahora la pregunta puede ser mucho más importante: ¿qué Cataluña? Una Cataluña encerrada en identidades excluyentes o capaz de integrar. Una Cataluña donde el miedo determine el voto o donde la política vuelva a proporcionar seguridad.
Una Cataluña donde el malestar encuentre culpables o encuentre soluciones.
Por eso mantengo el título. Cataluña tiene a Illa. No como afirmación complaciente. No como cheque en blanco. La propia encuesta contiene una severa advertencia para el president y su Govern. Pero Illa dispone de una oportunidad: demostrar que existe un espacio entre nacionalismos enfrentados; que Cataluña puede ser catalana, española y europea; que puede recibir inmigración y exigir integración; defender la empresa y proteger al trabajador; crecer y redistribuir; gobernar y escuchar. La batalla decisiva ya no consiste en determinar quién es más catalán o quién es más español. Consiste en decidir quién puede garantizar vivienda, educación, sanidad, convivencia, prosperidad y futuro.
Durante décadas la socialdemocracia convirtió miedos en derechos. El miedo a enfermar, en sanidad pública. El miedo a la vejez, en pensiones. El miedo a no poder estudiar, en educación. El miedo al desempleo, en protección laboral. Hoy los miedos tienen otros nombres: vivienda, precariedad, inmigración mal gestionada, inteligencia artificial, globalización, guerra, pérdida de identidad e inseguridad económica.
La respuesta progresista no puede consistir en negarlos. Tiene que volver a transformarlos en derechos, instituciones y esperanza. El trumpismo, los populismos y las extremas derechas han demostrado una formidable capacidad para transformar el descontento en rabia.
Ahora corresponde a la socialdemocracia demostrar que todavía sabe transformarlo en esperanza. Porque quizá, después de tantos años discutiendo sobre fronteras, haya llegado el momento de volver a discutir sobre personas. Sobre cómo viven. Sobre dónde viven. Sobre cuánto cobran. Sobre la educación de sus hijos. Sobre cuánto esperan para ser atendidos en un hospital.
Sobre cómo convivimos quienes nacimos aquí y quienes han venido a compartir con nosotros su vida. Y sobre qué futuro tendrán nuestros jóvenes. El independentismo no ha desaparecido. Ha mutado. La extrema derecha no es invencible. Pero tampoco desaparecerá ignorándola. La socialdemocracia resistió. Ahora tiene que renovarse.
Y en esa batalla entre miedo y convivencia, fragmentación e integración, resentimiento y esperanza, Cataluña conserva una oportunidad. Cataluña tiene a Illa.








