Ante episodios meteorológicos cada vez más extremos, escuchar Protección Civil, actuar con prudencia y reforzar los servicios públicos es también una forma de protegernos como sociedad
Hay una lección que en las últimas horas nos han vuelto a poner delante de los ojos: cuando Protección Civil alerta, no lo hace para molestarnos. No lo hace por complicarnos el fin de semana, por alterar nuestros planes o para que las administraciones tengan ganas de restringir la movilidad. Lo hace porque, en determinadas circunstancias, unos minutos pueden marcar la diferencia entre una incidencia y una tragedia.
Cataluña acaba de vivir un episodio de lluvias extraordinario, con registros de precipitación excepcionales, inundaciones, carreteras cortadas, afectaciones al transporte, viviendas anegadas de agua y cientos de intervenciones de los servicios de emergencia. El balance, además, es doloroso: dos personas han muerto y una tercera sigue desaparecida.
Ante tal situación, la primera obligación es expresar solidaridad con las familias afectadas. Pero lo segundo es aprender. Y una de las cosas que debemos aprender es que una alerta no es una predicción infalible, sino una herramienta de prevención frente a un riesgo. A veces lloverá menos de lo previsto. A veces una zona quedará fuera de lo peor del episodio. A veces recibiremos un mensaje de emergencia en el móvil y, mirando por la ventana, nos parecerá que no pasa nada.
Es precisamente aquí donde debemos cambiar nuestra forma de entender las alertas. No podemos exigir a las administraciones que actúen sólo cuando el peligro sea ya evidente. Si esperamos a ver el agua entrar en las calles para tomar medidas, llegaremos tarde. La protección civil consiste justamente en actuar antes de que el riesgo se convierta en emergencia.
Este fin de semana se han activado medidas preventivas, restricciones de movilidad y mensajes de alerta en varios puntos del país. Protecció Civil insistió en evitar desplazamientos innecesarios, alejarse de zonas inundables, no bajar a sótanos ni garajes y no atravesar acumulaciones de agua.
Quizás a alguien le haya parecido excesivo, pero el exceso, cuando hablamos de proteger vidas, es preferible a la negligencia. No nos jugamos sólo la comodidad.
Hemos convertido a la movilidad en una necesidad casi permanente. Ir a trabajar, llevar a los niños a la escuela, llegar a una cita, tomar un tren, ir de compras. Nuestra vida cotidiana está organizada en torno a desplazamientos constantes. Y, por eso mismo, una recomendación de “quedaos en casa” puede parecer difícil de cumplir.
Pero ante un episodio extraordinario no podemos comportarnos como un día cualquiera. La prudencia no es alarmismo. La prudencia es responsabilidad.
Y también es asumir que no todas las personas parten de las mismas condiciones. Hay quien puede teletrabajar y quien debe ir físicamente a su puesto de trabajo. Hay familias que dependen del transporte público. Hay personas mayores o con movilidad reducida. Hay trabajadores esenciales que deben seguir prestando servicio.
Por eso las alertas deben ir acompañadas de servicios públicos capaces de responder, de información clara y de coordinación entre administraciones. No basta con enviar un mensaje al móvil. Es necesario que este mensaje forme parte de un sistema de protección civil preparado, dimensionado y coordinado.
Y aquí debemos poner en valor una cuestión que a menudo sólo recordamos cuando llega la emergencia: los servicios públicos son una red de protección colectiva.
Bomberos, Mossos d’Esquadra, SEM, Agentes Rurales, Protección Civil, servicios municipales, personal sanitario, operadores de transporte, brigadas de mantenimiento y tantos otros profesionales han trabajado durante horas en unas condiciones extraordinariamente complicadas. Protecció Civil destacó que las medidas preventivas, las actuaciones de los ayuntamientos y la coordinación de los servicios de emergencia han contribuido a reducir las afectaciones.
Esto también es política pública. Y es una política pública a cuidar.









