Cada octubre la salud mental ocupa un espacio destacado en el debate público. Es una oportunidad para hablar de bienestar emocional, prevención y recursos, pero también para recordar una realidad que no siempre tenemos suficientemente presente: la salud mental no afecta a todos por igual, y el género juega un papel.
Varios estudios han evidenciado diferencias entre hombres y mujeres tanto en la prevalencia de algunos trastornos como en la forma de expresar el malestar y de buscar ayuda. Uno de los ejemplos más significativos lo encontramos en la conducta suicida: las mujeres presentan, por lo general, más ideación suicida y más intentos de suicidio no mortales, mientras que los hombres registran más muertes por suicidio.
No se trata de establecer quien sufre más. Se trata de entender que el sufrimiento puede manifestarse de formas diferentes y que, por tanto, también necesita respuestas adaptadas. Las expectativas sociales, los roles de género y las experiencias vitales pueden condicionar nuestra salud mental e incluso la forma en que pedimos ayuda.
En el caso de las mujeres, factores como la sobrecarga de los cuidados, las violencias machistas, la precariedad o la presión estética pueden contribuir al malestar emocional. En los varones, determinados modelos de masculinidad aún asocian la fortaleza con la autosuficiencia y la contención emocional. Esta presión puede dificultar que reconozcan el sufrimiento y recurran a los servicios de salud mental.
Reconocer estas diferencias no debe servir para etiquetar, sino para atender mejor. Necesitamos más investigación con perspectiva de género, recursos accesibles y una atención que tenga en cuenta las distintas realidades. Pero, sobre todo, necesitamos seguir combatiendo el estigma que todavía envuelve los trastornos mentales.
Con demasiada frecuencia, el sufrimiento psicológico es objeto de juicios y silencios. A las mujeres se les puede atribuir una supuesta fragilidad emocional; a los hombres, exigirles que sean fuertes y resuelvan sólo sus problemas. Dos prejuicios diferentes que pueden tener una misma consecuencia: dificultar que las personas hablen de lo que les ocurre y busquen ayuda.
Un diagnóstico no define a una persona. Tener un problema de salud mental no es una debilidad ni motivo de vergüenza. Es una realidad que puede afectar a cualquiera de nosotros y que requiere comprensión, acompañamiento y recursos.
Este octubre, por tanto, no basta con dar visibilidad a la salud mental. Es necesario convertir esta visibilidad en compromiso: con la prevención, con una atención adecuada, con la lucha contra el suicidio y contra cualquier forma de discriminación.
Entender las diferencias es el primer paso para corregir desigualdades. Y hablar de salud mental sin estigma no debería ser una campaña de un mes, sino un compromiso de todo el año.









