Hay calles que se cruzan en tres zancadas y que se explican con seis siglos de historia detrás. El carrer de les Mosques es una de ellas. Quizás ningún otro rincón de la ciudad resuma tan bien cómo ha cambiado —y cómo no ha cambiado— la Barcelona de dentro de murallas.
Une Montcada con Flassaders, en pleno corazón del barrio de Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera, a un paso de Santa Maria del Mar. Mide entre un metro cuarenta y siete y un metro cincuenta en su punto más estrecho, suficiente para ser la calle más estrecha de la ciudad. Pero el dato es anecdótico. Lo que importa es lo que hay detrás del nombre.
Las moscas, el mercado y la memoria
El Nomenclàtor de Barcelona la tiene documentada desde 1441. El nombre, que hoy suena pintoresco, tiene un origen bien prosaico: en este pasaje se amontonaban restos de mercancías en mal estado procedentes de los mercados cercanos, y la falta de ventilación —que la estrechez agravaba— atraía a las moscas. Nada de leyendas ni de enigmas medievales. La vida del Born de aquellos siglos era así de simple y de sórdida: densa, funcional y poco ordenada.
El entorno que rodeaba este pasaje era uno de los núcleos artesanales y comerciales más activos de la Barcelona medieval. Los gremios ocupaban calles que aún hoy llevan su nombre: los flassaders, que fabricaban mantas; los assaonadors, que curtían cueros. A pocos metros, la familia Montcada había abierto la vía que lleva su apellido para conectar la Bòria con la Ribera, una arteria de mercaderes enriquecidos por el comercio marítimo. Y al otro lado, los vecinos del barrio —pescadores, porteadores, artesanos— levantaban su propia basílica, Santa Maria del Mar, gracias a los basteixos que subían con piedras desde Montjuïc. El carrer de les Mosques quedaba justo en medio de todo aquello, como una rendija entre el mundo de los palacios de Montcada y el de los talleres de Flassaders.
Las cicatrices de una guerra, memoria bajo tierra
El Born no es solo un barrio: es una herida. Tras la Guerra de Sucesión, la corona borbónica ordenó derribar más de mil doscientas casas del barrio de la Ribera para levantar allí la Ciudadela militar. Cuatro mil quinientas personas fueron expulsadas sin ningún tipo de compensación. El carrer de les Mosques se libró, pero el tejido urbano que tenía alrededor quedó amputado para siempre.
Hoy, bajo la estructura del Born Centre de Cultura i Memòria —el antiguo mercado de hierro que Josep Fontserè proyectó entre 1874 y 1876—, hay un yacimiento arqueológico excepcional: los restos de cuarenta y dos calles y sesenta viviendas de aquel barrio arrasado. Bajo tierra se conserva, así pues, cómo era la trama urbana en la que se insertaba aquel pequeño pasaje antes de los derribos del siglo XVIII.
Carasses, cerillas y palacios con una nueva vida
En cada extremo de la calle, la historia se ha sedimentado de manera distinta. En la esquina con Flassaders se conserva una carassa de piedra —el popular Papamosques— que en el lenguaje discreto de los siglos XVII y XVIII señalaba la presencia de un burdel en el vecindario. Las carasses funcionaban como códigos urbanos en una época sin ninguna otra señalética visible. En el carrer dels Flassaders, las ordenanzas de los fabricantes de mantas están documentadas ya en 1331, pero en el siglo XIX los telares cedieron el paso a una de las primeras fábricas de cerillas de Barcelona, las que el barrio bautizó como «las del baúl». En Montcada, los palacios góticos y renacentistas que habían acogido a mercaderes medievales se han ido reconvirtiendo en museos a lo largo del siglo XX. El Museu Picasso, en el conjunto del Palau Aguilar y otros edificios de la misma calle, es el ejemplo más conocido.
Cerrado con rejas y lleno de miradas
Desde 1991, el carrer de les Mosques está cerrado al público con rejas en sus dos accesos. La medida se tomó por unos usos incívicos que la oscuridad del pasaje facilitaba. La paradoja es perfecta: una calle que nació de la suciedad funcional de la Barcelona medieval es hoy un rincón estrecho, empedrado y silencioso que acumula móviles y miradas de visitantes llegados de cualquier parte. Allí donde había sacos, desperdicios y moscas, hoy hay curiosidad y fotografías.
El carrer de les Mosques es, en el fondo, un buen termómetro de cómo ha cambiado el Born: de corredor pestilente entre talleres y almacenes a rendija fotogénica encajada entre museos, iglesias y un centro cultural de primer nivel. Mirarlo es mirar la ciudad por un agujero de metro y medio. Y entender que Barcelona, a menudo, esconde lo mejor de sí misma a la vista de todos.







