El Passeig del Born lleva años siendo el centro de un conflicto que mezcla intereses vecinales, negocios de restauración y una administración municipal que no renuncia a sus objetivos. El Ayuntamiento de Barcelona, con Jaume Collboni al frente, ha puesto en marcha un plan estructurado para atajar la contaminación acústica en una de las zonas de ocio más emblemáticas de la ciudad. No es una declaración de intenciones: es una hoja de ruta con fechas, fases y sanciones.
Un problema documentado hasta el último decibelio
Los datos hablan por sí solos. Los sonómetros instalados en puntos estratégicos del paseo y de las calles colindantes han registrado de forma sistemática niveles de ruido que superan los 65 decibelios en horario nocturno, muy por encima del umbral que fija la ordenanza municipal. Pero el dato más revelador es la densidad de quejas por hectárea: mientras que en el resto del distrito de Ciutat Vella se contabilizan unas 16, en la Zona Acústica de Régimen Especial del Passeig del Born la cifra se dispara hasta las 221.
Pero hay otro factor que complica el diagnóstico: buena parte del problema no nace en los locales, sino en la calle. En 2024, casi dos terceras partes de las quejas gestionadas por la Guardia Urbana tuvieron como causa personas haciendo ruido o fiesta en la vía pública. Las despedidas de soltero, los botellones y las aglomeraciones a la salida de los bares se han convertido en el foco principal del problema, y las cifras de expedientes por falta de civismo casi se han triplicado en los últimos dos años.
Tres fases, nueve meses cada una, sin margen para la excusa
El gobierno municipal ha diseñado un plan de reducción de ruido que funciona como un mecanismo de escalada progresiva. En una primera fase, se mantienen los horarios actuales pero se imponen medidas técnicas y campañas de concienciación a los establecimientos de la zona. Si al cabo de nueve meses las mediciones acústicas no muestran una mejora suficiente, se activa automáticamente la segunda fase: una reducción colectiva de una hora en el cierre de terrazas y locales. Si el problema persiste, la tercera fase contempla un recorte de hasta dos horas respecto a los horarios originales.
El plan también establece obligaciones técnicas inmediatas para los establecimientos de restauración y los módulos de terraza de la zona: elementos de insonorización en el mobiliario, sistemas de gestión de colas para evitar aglomeraciones en los accesos y restricciones de reentrada en horario de madrugada. Las tiendas de conveniencia y las bodegas, identificadas como puntos clave de suministro de alcohol para el consumo en la calle, deberán cerrar entre las 23 y las 7 horas si se activan las fases restrictivas.
Más Guardia Urbana y sanciones sin contemplaciones
Para garantizar el cumplimiento de estas medidas, el consistorio destinará recursos adicionales, con la parte más importante orientada a reforzar la presencia de la Guardia Urbana en la zona. El régimen sancionador también se endurece de forma considerable: los reincidentes se arriesgan a sanciones que van desde el precinto de la actividad hasta la revocación de la licencia y la inhabilitación del titular.
El sector de la restauración ha expresado sus reticencias, alegando que una parte significativa del ruido tiene su origen en el espacio público. El Ayuntamiento es consciente de ello, y precisamente por eso el plan actúa en los dos frentes a la vez. Para garantizar que las decisiones se toman con rigor y transparencia, ha creado una comisión de seguimiento con representación de vecinos, gremios y administración que evaluará los resultados cada nueve meses.
Collboni ha situado el descanso de los vecinos en el centro de su agenda. El plan es ambicioso, los plazos están fijados y los mecanismos de activación son automáticos. Ahora toca ejecutarlo.







