Cuando una sociedad deja de distinguir entre la verdad y la mentira, el problema ya no es político: es moral
Hay enfermedades que destruyen el cuerpo. Otras, mucho más silenciosas, destruyen la conciencia. El peor cáncer que puede padecer una sociedad no es el que consume sus órganos, sino el que corroe su alma. Ese que no provoca fiebre ni deja cicatrices visibles, pero que va apagando, poco a poco, la capacidad de distinguir entre la verdad y la mentira, entre la justicia y el abuso, entre la compasión y la indiferencia.
El emperador filósofo Marco Aurelio escribió que “el alma se tiñe del color de sus pensamientos”. Dos mil años después, aquella reflexión conserva toda su vigencia. Si una sociedad alimenta diariamente su conciencia con el odio, la manipulación, la mentira y el desprecio hacia quien piensa distinto, termina adquiriendo exactamente ese color: el de la oscuridad.
Ese cáncer moral se propaga con una velocidad desconocida. Las redes sociales multiplican los bulos antes que los hechos; la crispación se convierte en espectáculo; la mentira deja de ser un accidente para transformarse en estrategia. El insulto sustituye al argumento, la sospecha reemplaza a la evidencia y la indignación selectiva acaba ocupando el lugar de la justicia.
La filósofa Hannah Arendt advirtió que el mayor triunfo de la mentira no consiste en que todos la crean, sino en que nadie sepa ya distinguirla de la verdad. Ese es el territorio donde comienza a enfermar una democracia.
Confieso que hay comportamientos que continúan resultándome difíciles de comprender. Me cuesta entender que ciudadanos que sufren dificultades económicas, que necesitan una educación pública fuerte, una sanidad de calidad y unos servicios sociales eficaces, depositen su confianza en proyectos políticos que, desde mi punto de vista, no sitúan el fortalecimiento de esos derechos entre sus prioridades. No cuestiono el derecho de nadie a votar libremente; cuestiono la contradicción que, a mi juicio, puede existir entre determinadas necesidades y decisiones.
Me produce una perplejidad semejante comprobar cómo personas que se declaran cristianas pueden contemplar con indiferencia el sufrimiento de miles de civiles o la muerte de niños en conflictos como el de Gaza. Si el mensaje esencial del Evangelio es el amor al prójimo y la defensa de la dignidad humana, ninguna conciencia debería permanecer inmóvil ante el dolor de los más vulnerables, con independencia de su nacionalidad, su religión o el lugar donde hayan nacido.
El escritor Primo Levi dejó escrito que comprender es difícil, pero conocer es necesario. El olvido y la indiferencia son siempre aliados de quienes pretenden repetir los errores de la historia. Por eso la memoria no pertenece al pasado; constituye una obligación moral con el presente.
También Antonio Machado nos recordó que “se miente más de la cuenta por falta de fantasía”. Hoy podríamos añadir que también se miente por cálculo, por poder o por interés. Y cada mentira aceptada sin resistencia debilita un poco más los cimientos de la convivencia.
No creo que todo esté perdido. Al contrario. Sigo confiando en la condición humana. Sigo creyendo que la mayoría de los ciudadanos conserva intacta la capacidad de reaccionar cuando comprende que la libertad, la igualdad, la justicia social y los derechos humanos nunca están garantizados para siempre. Las democracias no suelen desaparecer de un solo golpe; se deterioran cuando la ciudadanía deja de defenderlas.
El verdadero antídoto contra el cáncer del alma no es el odio. Es la educación. Es la cultura. Es el pensamiento crítico. Es la memoria. Es la verdad. Es la solidaridad. Es la capacidad de mirar a los ojos del otro y reconocer en él la misma dignidad que reclamamos para nosotros.
Porque el futuro de una sociedad no dependerá únicamente de sus gobiernos, de sus tribunales o de sus leyes. Dependerá, sobre todo, de la salud moral de sus ciudadanos.
Y todavía estoy convencido de que la inmensa mayoría conserva, aunque a veces parezca dormida, la fuerza necesaria para impedir que la oscuridad termine venciendo a la luz.









