A veces la política no se define por lo que hace, sino por lo que decide no hacer todavía. En ese intervalo —ese espacio suspendido entre el gesto y su consecuencia— se instala una forma particularmente sofisticada de poder: la dilación. Ahí, precisamente ahí, se sitúa hoy el caso de Toni Comín y la respuesta de Junts per Catalunya: congelar el expediente, aplazar la resolución, desplazar el conflicto hacia un mañana siempre conveniente.
No es un recurso nuevo. Ya lo advertía Antonio Gramsci al describir esos tiempos en los que lo viejo se resiste a desaparecer mientras lo nuevo no termina de imponerse. En ese territorio intermedio —ni decisión ni negación— florece una política que administra silencios con la misma destreza con la que otros administran discursos. Porque no decidir también es una forma de decidir, aunque se disfrace de prudencia institucional.
El Parlamento Europeo ha señalado que existen elementos suficientes para que las acusaciones avancen. No se trata de una sentencia, pero tampoco de una insinuación menor. Es un pronunciamiento que sitúa el caso en un umbral de credibilidad política difícil de eludir. Frente a ello, la respuesta de Junts no ha sido confrontar el problema, sino reubicarlo, como quien cambia de habitación un asunto incómodo con la esperanza de que pierda peso fuera de la vista.
La escena remite, inevitablemente, a ciertos hábitos sedimentados en la cultura política española. Durante la Transición —ese relato tantas veces invocado y tan pocas veces interrogado— se consolidó una pedagogía del aplazamiento: no incomodar, no profundizar, no desestabilizar. Hoy, en otro contexto y con otros actores, ese eco vuelve a escucharse, adaptado a los códigos de una política que presume de modernidad mientras reproduce viejas inercias.
En ese marco, la trayectoria de Comín introduce una ironía persistente. Su tránsito desde posiciones vinculadas a la izquierda hacia un espacio liberal-conservador no es, en sí mismo, el problema. La política está hecha de desplazamientos. Lo inquietante es otra cosa: la distancia entre los valores que se invocan y las responsabilidades que se asumen cuando esos valores son puestos a prueba.
Porque la democracia —si aspira a ser algo más que una retórica funcional— se sostiene en la capacidad de sus instituciones para responder con claridad, actuar con coherencia y asumir costes. Cuando esa respuesta se suspende, cuando la decisión se convierte en una promesa indefinida, lo que se erosiona no es solo la credibilidad de un partido, sino el propio vínculo entre ciudadanía y política.
En ese marco más amplio, la figura de Comín llega a este episodio con un desgaste acumulado. Desde hace tiempo, su credibilidad ha sido objeto de cuestionamiento en relación con determinadas posiciones consideradas estratégicas dentro de su propio espacio político, especialmente en lo que respecta a los horizontes que durante años estructuraron parte del debate catalán. A ello se añade una percepción de pasividad ante episodios difícilmente justificables en términos políticos, así como su negativa a formalizar plenamente su condición de eurodiputado mediante el reconocimiento de la Constitución española —un gesto que implicaría su regreso a España y la exposición a un escenario judicial incierto, en el que terceros actores sin la protección institucional del Parlamento podrían quedar particularmente expuestos.
Lejos de disipar las dudas, este conjunto de decisiones proyecta una imagen ambigua, en la que el tiempo vuelve a operar como herramienta de gestión —y, quizá, también de contención—. Es en ese punto donde la línea entre estrategia y elusión se vuelve más tenue, especialmente cuando lo que está en juego no es solo la trayectoria de un dirigente, sino la forma en que una organización enfrenta situaciones que exigen claridad y responsabilidad.
No hablamos, en última instancia, de un expediente concreto ni de un nombre propio. Hablamos de una lógica. De una manera de habitar el poder que convierte el tiempo en refugio y la indefinición en estrategia. Y conviene decirlo sin rodeos —conviene insistir—: lo que no se resuelve no desaparece; simplemente espera, y a veces crece.







