Marruecos afronta la última jornada del Grupo C en una posición de privilegio, aunque todavía sin nada asegurado. La selección norteafricana llega al duelo frente a Haití con cuatro puntos, empatada con Brasil, y depende de sí misma para alcanzar los octavos de final e incluso para cerrar la fase de grupos en la primera posición. Del otro lado estará un Haití ya eliminado, pero decidido a despedirse del Mundial con una imagen competitiva y con la posibilidad de alterar el destino de sus rivales.
El conjunto dirigido por Mohamed Ouahbi ha sido, hasta ahora, una de las selecciones más sólidas del grupo. Empató con Brasil en el debut dejando una gran impresión táctica y, en la segunda jornada, derrotó a Escocia por 0-1 en un partido que confirmó tanto su madurez competitiva como su ambición. Marruecos no solo ganó: volvió a transmitir la sensación de ser un equipo equilibrado, intenso, capaz de presionar alto y de controlar tramos largos del juego con balón.
Ese crecimiento se refleja también en el discurso del vestuario. Ouahbi ha dejado claro en la víspera que el objetivo no es simplemente clasificarse, sino terminar por delante de Brasil si el grupo se lo permite. La victoria ante Haití colocaría a Marruecos con siete puntos y obligaría a la selección brasileña a responder frente a Escocia si quiere conservar el primer puesto. La ambición marroquí, por tanto, no se limita a superar la fase de grupos: también pasa por asegurar un cruce más favorable en la siguiente ronda.
En el plano futbolístico, Marruecos llega reforzada por el rendimiento de varias piezas clave. Achraf Hakimi continúa siendo el líder competitivo del equipo, Sofyan Amrabat ha dado consistencia al centro del campo y Ismael Saibari, autor del gol ante Escocia y ya decisivo también frente a Brasil, se ha convertido en una de las grandes revelaciones del arranque del torneo. La selección africana ha encontrado un equilibrio notable entre agresividad sin balón, calidad en las transiciones y capacidad para sostener la posesión cuando el partido lo exige.
La incógnita principal está en el tipo de partido que propondrá Haití. Eliminada tras perder contra Escocia y Brasil, la selección caribeña llega sin opciones matemáticas, pero no sin argumentos emocionales. Su técnico, Sébastien Migné, insistió tras la derrota frente a Brasil en que el equipo ha demostrado estar a la altura del torneo y en que el último partido debe servir para cerrar la participación con dignidad competitiva. Haití no tiene ya nada que perder y eso, en este tipo de contextos, puede convertirla en un rival incómodo si Marruecos baja la intensidad.
La selección haitiana ha competido mejor de lo que sugieren sus resultados, aunque ha pagado caro dos problemas estructurales: la falta de gol y las dificultades para resistir durante muchos minutos cerca de su propia área. Contra Escocia dejó una imagen combativa y frente a Brasil resistió hasta que la calidad individual del rival terminó por romper el partido antes del descanso. Ahora buscará un cierre más amable, probablemente apostando por un bloque compacto, ataques rápidos y un esfuerzo físico muy alto para sostener el marcador el mayor tiempo posible.
La lógica del grupo sitúa a Marruecos como clara favorita. Tiene más talento, más automatismos y un contexto clasificatorio que le exige no especular. Sin embargo, el encuentro encierra una trampa evidente: cualquier concesión puede abrir una noche de nervios si Brasil se adelanta pronto frente a Escocia y el primer puesto empieza a escaparse. Marruecos tiene ante sí una gran oportunidad para confirmar su condición de uno de los proyectos más serios del torneo. Haití, aunque ya eliminada, todavía puede condicionar el cierre del grupo.







