Trump, Epstein, las élites y la otra idea de Estados Unidos
Hay una frase extraordinariamente sencilla en la Constitución de Estados Unidos que contiene una concepción completa de la democracia:
«We the People».
Nosotros, el pueblo.
No el presidente.
No el multimillonario.
No las grandes corporaciones.
No quienes frecuentan los salones donde dinero, política y poder terminan confundiéndose.
El pueblo.
Y quizá ahí se encuentre una de las grandes contradicciones de la América de Donald Trump.
LA REBELIÓN CONTRA LAS ÉLITES
MAGA se presentó ante millones de norteamericanos como una rebelión contra el sistema.
Washington frente al ciudadano.
Las élites frente al trabajador.
Los poderosos frente a quienes se sentían olvidados.
Trump consiguió convertir esa frustración en un formidable movimiento político.
Pero existe una contradicción difícil de ignorar: alrededor de quien se presenta como adversario de las élites aparecen permanentemente millonarios, grandes empresarios, intereses económicos y negocios familiares sometidos al escrutinio público.
Incluso dentro del Partido Republicano han aparecido peticiones para investigar determinados negocios vinculados a la familia presidencial.
Investigar no significa condenar.
Pero una democracia digna de ese nombre debería tener una regla extraordinariamente sencilla:
investíguese. Aclárese. Y que respondan los documentos.
EPSTEIN: LAS PREGUNTAS Y LAS PRUEBAS
Y entonces aparece Jeffrey Epstein.
Probablemente uno de los ejemplos más perturbadores de cómo dinero, relaciones sociales y proximidad al poder pueden construir durante años espacios aparentemente inaccesibles para el ciudadano corriente.
Trump conoció y trató socialmente a Epstein. Su nombre aparece en documentación relacionada con aquel universo y se han publicado acusaciones extremadamente graves.
Pero precisamente porque hablamos de hechos gravísimos existe una frontera que nunca deberíamos atravesar:
aparecer en los archivos de Epstein no demuestra haber participado en sus delitos.
Las acusaciones deben investigarse.
Los documentos deben contrastarse.
Las víctimas deben ser escuchadas.
Y las responsabilidades, cuando existan pruebas, deben exigirse.
Sin protección para presidentes, expresidentes, multimillonarios, empresarios, políticos o personajes famosos.
Pero tampoco convirtiendo una sospecha en sentencia.
Y LOS DOCUMENTOS LLEGAN A ESPAÑA
Entre aquella documentación aparece también el nombre de José María Aznar.
Se han publicado referencias a dos envíos dirigidos al expresidente español: uno en septiembre de 2003 a La Moncloa y otro en mayo de 2004 a una dirección vinculada a FAES.
También aparece un pago de 1.050 dólares relacionado con una agencia de viajes a nombre de José María Aznar, aunque la documentación conocida no permite establecer si correspondía al expresidente o a su hijo homónimo.
Nada de ello demuestra que Aznar conociera o participara en los delitos de Epstein.
Aznar ha afirmado que no conocía al financiero y amenazó con emprender acciones judiciales contra quienes pretendieran relacionarlo con sus actividades criminales.
Pero permanece una cuestión periodística legítima:
¿qué fueron aquellos envíos?
Porque amenazar con querellas no explica un albarán.
Ni explica un paquete.
Ni responde qué contenía, por qué fue enviado o qué relación originó aquel intercambio.
Pero tampoco esas preguntas permiten transformar una sospecha en culpabilidad.
Eso es precisamente lo que corresponde esclarecer documentalmente.
LA OTRA AMÉRICA
Y es aquí donde este asunto deja de ser exclusivamente Trump, Epstein o Aznar.
Porque Estados Unidos nació de una contradicción formidable.
Fue tierra de inmigrantes y esperanza, pero también una nación levantada entre el despojo de los pueblos originarios, la esclavitud, la expansión territorial y una Guerra Civil que estuvo a punto de partirla para siempre.
Y, sin embargo, de aquella historia convulsa surgió también una de las ideas políticas más poderosas de la modernidad:
«We the People».
Un pueblo llamado a construir una Unión más perfecta, establecer justicia y garantizar las bendiciones de la libertad.
Esa contradicción ha acompañado siempre a Estados Unidos:
exclusión y libertad.
Segregación y derechos civiles.
Desigualdad y oportunidad.
John Fitzgerald Kennedy comprendió bien esa dimensión cuando dedicó A Nation of Immigrants a recordar algo esencial: Estados Unidos había sido construido por sucesivas generaciones de personas llegadas desde otros lugares.
DEMASIADO GRANDE PARA UN SOLO HOMBRE
Ésa es la América en la que, como politólogo, sigo creyendo.
La que hizo de personas procedentes de todos los rincones del mundo ciudadanos de una misma República.
La que convirtió derechos inicialmente negados a millones en derechos progresivamente conquistados.
La que pasó de la esclavitud a elegir a un presidente afroamericano.
Una América imperfecta.
Contradictoria.
Muchas veces injusta.
Pero capaz también de enfrentarse a sus propias contradicciones.
Una América demasiado grande, diversa y contradictoria para caber dentro de un solo hombre.
Y mucho menos para confundirse con Donald Trump.
Trump puede ser presidente de Estados Unidos.
Pero Trump no es Estados Unidos.
Ningún presidente lo es.
Porque ésa es precisamente la diferencia entre democracia y culto a la personalidad.
Los presidentes pasan.
Los pueblos permanecen.
Y quizá por eso aquellas tres primeras palabras escritas hace más de dos siglos continúan siendo mucho más importantes que cualquier nombre grabado sobre la puerta de la Casa Blanca:
We the People.









