“Soy lo que dejaron”.
La frase no es una metáfora: es un archivo.
Cuando Luiz Inácio Lula da Silva habló, en España y junto a Pedro Sánchez, de una Venezuela “sin la tutela de nadie”, no estaba improvisando diplomacia. Estaba, más bien, pronunciando una palabra que en América Latina tiene peso histórico específico: tutela. Una palabra que no describe ayuda, sino jerarquía; no sugiere cooperación, sino supervisión.
Y en este continente, la supervisión siempre llegó con acento extranjero.
“Soy toda la sobra de lo que se robaron”. La línea no es poética: es estadística histórica. Desde la Emenda Platt —esa elegante pieza jurídica que convirtió la independencia cubana en una independencia con condiciones— hasta la política del “Big Stick”, donde la diplomacia aprendió a caminar con sombra de garrote, la región ha sido tratada como territorio administrable. Ortega y Gasset diría que no es el hombre quien tiene historia, sino la historia quien tiene al hombre. En América Latina, esa historia tiene firma repetida.
Primero fueron cláusulas.
Después, intervenciones.
Luego, silencios institucionales cuidadosamente redactados.
“No puedes comprar el viento”. La insistencia no es ingenua: es defensiva. Porque durante décadas —y aquí la historia deja de ser alegoría— se intentó comprar todo lo demás. La Operación Cóndor, lejos de cualquier lirismo, fue la prueba material de que la soberanía podía cruzar fronteras… cuando convenía a quienes la violaban. No fue exceso. Fue sistema.
Gramsci advertía que la hegemonía no se impone solo con fuerza, sino con consenso. América Latina conoció ambas versiones: la fuerza explícita y el consenso inducido. En los años ochenta, ese consenso adoptó forma de deuda. La llamada “década perdida” no fue un accidente económico; fue la consecuencia de una dependencia estructural cuidadosamente cultivada. “El abono de mi tierra es natural”, dice la canción. La deuda, en cambio, no lo era.
Y entonces aparece el presente, con su habitual pretensión de novedad.
El trumpismo —esa doctrina que algunos describen como ruptura— no es más que la eliminación del pudor. Lo que antes se hacía en voz baja, ahora se declara. Lo que antes se negociaba con eufemismos, ahora se impone con frases cortas. Donald Trump no inventa la lógica del poder hemisférico: la simplifica, la desnuda, la hace casi brutalmente honesta. Cicerón ya advertía que el lenguaje público se corrompe cuando el poder se siente seguro de sí mismo. Trump no corrompe el lenguaje: lo libera de su hipocresía.
“Un pueblo sin piernas, pero que camina”. La imagen, lejos de la épica romántica, es profundamente política. Porque América Latina no resiste desde la perfección, sino desde la persistencia. Resiste equivocándose, reconstruyéndose, contradiciéndose. Resiste, incluso, cuando se le exige coherencia que nunca se le permitió construir sin interferencias.
Y ahí es donde la frase de Lula deja de ser coyuntura.
Hablar de una Venezuela sin tutela no es defender un gobierno. Es cuestionar un principio. Es recordar que la soberanía no es un premio que se concede desde fuera, sino un derecho que se ejerce desde dentro —con errores, con tensiones, con conflictos propios.
“La tierra no se vende”.
La repetición no es estética: es ideológica.
Porque lo que incomoda no es Venezuela. No es Brasil. No es ningún país en particular. Lo que incomoda es la posibilidad —cada vez menos abstracta— de que América Latina deje de aceptar su papel como territorio interpretado por otros.
Einstein decía que no se puede resolver un problema con el mismo nivel de pensamiento que lo creó. Tal vez por eso la región insiste en caminar, incluso cuando le dicen cómo hacerlo. Tal vez por eso canta, incluso cuando le piden silencio.
“No puedes comprar mi vida”.
Y en esa frase —simple, repetida, casi obstinada— hay algo que ningún informe, ninguna doctrina y ningún garrote ha logrado resolver del todo:
Hay cosas que no se administran.
Hay cosas que no se auditan.
Hay cosas que, simplemente, no se compran.
Nota: La música a la que se hace referencia en este texto es Latinoamérica – Calle 13 (part. Totó La Momposina, Susana Baca y Maria Rita).








