La muerte existe; o, más bien, preexiste a nuestra frágil contingencia. Cada uno de nosotros busca, en esta clínica de la incertidumbre, una respuesta a su propia finitud. Desde el desapego platónico hasta el escándalo del absurdo, «ese hilo que se rompe», según Jankélévitch, la muerte sigue siendo una nada; se resiste impúdicamente al genio humano y a sus demiurgias tecnológicas.
Como libanesa, esta proximidad con la muerte nos viene inscrita en nuestros registros genealógicos, como un patrimonio que no elegimos. Nuestros certificados civiles rivalizan en nombres tachados.
Mi primer contacto con la muerte comenzó durante un campamento de verano al que mis padres me llevaron cuando yo era muy pequeña. Un monitor, apenas unos años mayor que nosotros, al considerarme insoportable, me propinaba bofetadas a diestro y siniestro por cualquier motivo. Recuerdo la asfixiante injusticia de aquella indiferencia colectiva: como si aquel tren desbocado en el que éramos apaleados constituyera un territorio intocable, un orden inmutable cuya única ley se imprimía sobre la carne de mi rostro.
Algún tiempo después de regresar a casa, descubrí en una de las revistas políticas de mi madre la esquela de aquel monitor, acompañada de su fotografía. Había caído en combate. Fue entonces cuando conocí la mordedura de la culpa: la de ver desaparecer a un ser que me había hecho sufrir.
Los muertos se sucedieron unos tras otro: una procesión ininterrumpida de familiares, atentados, niños de mi país, ahogamientos, asesinatos… ¡Cuántos motivos distintos para una sola mañana: la de la ausencia!
Y, como cualquier niño, fui construyendo piedra a piedra mi vocabulario de la muerte. Cadáveres intactos, cuerpos despedazados, restos en descomposición: la realidad llegó hasta mí sin ningún filtro. Pero cuanto más se abría el abismo, más necesitaba comprender por qué aquella Gorgona adquiría proporciones tan monstruosas.
Durante la adolescencia devoré tratados de metafísica y de ocultismo, buscando desesperadamente hacer inteligible aquello que escapaba a toda comprensión y que, cada noche, antes de dormirme, convocaba bajo la bóveda de mi cráneo a un ejército de fantasmas.
La muerte de otro joven me permitió contemplar de cerca otro espectáculo brutal: el de un cuerpo sin alma, en el sentido estrictamente orgánico del término. Expuesto sobre su lecho funerario, como dictan nuestros ritos de duelo, comenzaba a deformarse ante nuestros ojos debido al calor sofocante. Aquella nariz y aquellos oídos taponados me perseguían sin descanso.
Una vez terminada la ceremonia, me deslicé a escondidas hacia las criptas familiares, un lugar estrictamente prohibido para las mujeres, pues la tradición reservaba únicamente a los hombres el último acompañamiento del difunto.
En el silencio húmedo de aquella cripta me encontré sola frente al nicho del fallecido. Las fotografías, fijadas poco antes por sus familiares, comenzaban a desprenderse a causa de la humedad, como si ya temblaran ante la perspectiva de precipitarse en aquella eternidad incierta.
Yo quería verla, a esa muerte que me helaba la sangre en las venas. Quería comprenderla, domesticarla, apaciguarla, tranquilizarme frente a ella, con toda la ingenuidad de la que entonces era capaz.
Convencida de que mis padres ya debían de haber advertido mi ausencia, subí de nuevo los escalones, consciente de haber dejado otra parte de mí misma en la horizontalidad de aquellas catacumbas.
Más tarde completé mi educación sobre la muerte al compás de las frases salmodiadas durante los velatorios: «Ha vivido una buena vida», «di3ano», «qué muerte tan injusta», «ella no puede vivir quitándole los años a otra persona», «él debería haber muerto en su lugar»…
Sin embargo, el gran teatro de la crueldad no terminó ahí. Como si formara parte de una etapa obligatoria de nuestra pedagogía nacional del terror, tuve el singular privilegio de ampliar mi imaginario macabro gracias al celo de una religiosa.
Convencida de que su misión consistía en alejarnos del aborto, un día nos reunió en una sala subterránea para proyectarnos la filmación de una interrupción voluntaria del embarazo en tiempo real. En la pantalla apareció un feto apenas unos instantes antes de ser engullido por el aspirador mecánico.
Con los ojos clavados en el proyector, contemplábamos, petrificadas, la desesperada danza de aquel embrión que intentaba escapar de la cánula. Yo tenía la extraña impresión de que el feto sonreía mientras esquivaba los embates. Parecía bailar con una ligereza casi insolente, enlazando una pirueta tras otra, como si gritara al vacío:
«¡Este instante me pertenece, pedazo de matón de metal!»
Y el horror alcanzó su punto culminante bajo la mirada satisfecha de nuestra religiosa, convencida de haber forjado, en aquel preciso instante, a unas dignas y piadosas mujeres cristianas para toda la vida.
El aspirador fue desmembrando al feto, miembro a miembro. Sin embargo, yo seguía íntimamente convencida de que aquella criatura astuta continuaba bailando y huyendo de la máquina, ante unos ojos condenados para siempre por una escena suspendida entre dos mundos: el de lo indecible y el de lo innombrable.
Cuando terminó la aspiración, nuestra mentora nos lanzó, triunfante, una pregunta:
—Y ahora decidme: ¿estáis a favor o en contra del aborto?
A partir de aquel momento me sentí preparada para afrontar el caos del mundo. Estaba fortalecida por mis traumas acumulados, por mi familiaridad con la muerte y por aquel teatro íntimo de cuerpos desgarrados.
La imagen del vórtice… ya nunca me abandonó. Empecé a concebir cada muerte como una grieta repentina que se abre en el tejido del universo para engullir a quien ha sido elegido y volver después a cerrarse sobre sí misma.
Rilke soñaba con una muerte «verdaderamente propia», nacida de la vida como el fruto nace de su semilla. Las mías, en cambio, siempre tuvieron el aspecto de un secuestro prolongado.
La metáfora no quiso detenerse ahí. Tuve el horror de profundizar aún más en ese aprendizaje a través de determinadas grietas que permanecieron abiertas mucho más tiempo que otras, engullendo un número de vidas infinitamente mayor que el que suelen cobrarse las muertes ordinarias: la carne pulverizada de las víctimas del 4 de agosto; la sangre de los niños salpicando los muros de Gaza; familias enteras borradas del mapa en un instante en el sur del Líbano; los cuerpos sepultados bajo los escombros de Beirut; las vidas segadas en el valle de la Bekaa…
Hay que haber visto a niños convertidos en estrellas rojas sobre los balcones de sus propias casas para comprenderlo. Una composición pictórica capaz de despertar la envidia del propio Pollock. ¿Y qué decir de las mujeres desgarradas por las ondas expansivas? Una escena que habría fascinado a Géricault. Susan Sontag escribió que la fotografía del sufrimiento nos convierte, al mismo tiempo, en testigos y en voyeurs; en nuestra parte del mundo seguiremos siendo artefactos de Ogrish.
Nuestro único poder consiste, entonces, en ahogar la muerte en una taza de café adornada con flores de ciruelo y guirnaldas de color azul.
La pseudorreflexión sobre la muerte no es más que una forma de somnolencia, nos recuerda Jankélévitch: una meditatio mortis que vuelve el utrumque un poco más familiar.
En este país hemos convertido la conmemoración de las grietas en un ritual nacional, un modesto ejercicio de equilibrio destinado a sostener el decorado de las apariencias.
Por mi parte, fortalecida por aquella temprana formación de orgullosa libanesa en la biología de las entrañas, vuelvo la mirada hacia mis compatriotas, que aprendieron, cada uno a través de «su religiosa», la lección del vórtice.
Eso es lo único que hacemos en este país que nunca duerme: bailar y girar sobre nosotros mismos, desafiando al vórtice que pretende engullirnos antes de tiempo. Nos arrancan un miembro y bailamos con más fuerza; nos amputan una pierna y respondemos con un gesto de desafío.
En tierras como la nuestra, la muerte termina convirtiéndose, paradójicamente, en una fuerza creadora. Es ella quien nos empuja a asumir, en palabras de Heidegger, la condición de un ser que «nace ya lo bastante viejo para morir».
Como aquel feto —uno de mis grandes maestros— sigo bailando sobre el vacío, con el espíritu siempre perseguido por el torbellino que nos acecha. A veces consigo olvidarlo durante unos instantes, hasta que el vídeo de la pequeña Alexandra, desaparecida en uno de nuestros tantos 4 de agosto, cantando junto a su padre, vuelve a recordármelo. Bis repetita.








