Envejecemos. Y ésta es, probablemente, una de las grandes transformaciones y triunfos sociales de nuestro tiempo. Viviremos más años y, en muchos casos, lo haremos con mayor autonomía y calidad de vida. Pero también aumentarán las situaciones de fragilidad, dependencia y necesidad de cuidados. La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara: ¿estamos preparados para cuidar a nuestros mayores y las personas dependientes, tengan la edad que tengan?
La respuesta no puede recaer exclusivamente sobre las familias. Durante demasiado tiempo hemos asumido que los cuidados son una cuestión privada, resuelta dentro de casa y, con demasiada frecuencia, sobre los hombros de las mujeres. Pero el cuidado es una responsabilidad social y política. Y es también una cuestión de derechos.
La dependencia no es sinónimo de vejez. Puede afectar a personas de cualquier edad por razones de enfermedad, discapacidad u otras circunstancias. Y cuando llega, transforma también la vida de quien cuida. La sociedad reconoce que esta responsabilidad puede provocar agotamiento físico y emocional y las administraciones ofrecen servicios de acompañamiento a las personas cuidadoras.
Pero todavía tenemos que ir más allá.
Pensamos en quien debe acompañar a un padre o una madre dependiente mientras trabaja a jornada completa. En quien debe faltar en el trabajo por una visita médica, reducir jornada o renunciar a oportunidades profesionales. En quien vive permanentemente pendiente de una llamada, duerme mal, arrastra cansancio, dolor, culpa o ansiedad. La sobrecarga no es sólo física: también es emocional, económica y social. Y puede acabar afectando a la salud, las relaciones familiares e incluso la permanencia en el mercado laboral.
Por eso son tan importantes políticas como el Plan Cuidado del Gobierno de la Generalitat, que apuesta por avanzar hacia un nuevo modelo de cuidados y por una atención más integrada, comunitaria y centrada en la persona. El Govern también plantea reforzar la coordinación entre los servicios sociales y sanitarios, la atención domiciliaria y la atención a las residencias.
Éste es el camino: que nadie tenga que elegir entre cuidar a la persona que ama y mantener su trabajo. Que cuidar no implique quedarse solo. Que las personas mayores puedan envejecer con dignidad, autonomía y el mayor tiempo posible en su entorno. Y que las personas dependientes, independientemente de su edad, reciban la atención que necesitan.
Tenemos ante nosotros un gran reto demográfico, pero también una gran oportunidad para construir una sociedad más justa. Una sociedad que cuida es una sociedad que protege, que acompaña y que no deja a nadie atrás.
Y cuidarnos entre nosotros no puede ser una cuestión de buena voluntad. Debe ser una prioridad de país.








