Las tardes de otoño invitan a recuperar una lectura elegida por gusto y libre de objetivos
Hay libros que se compran con entusiasmo y se convierten, al llegar a casa, en una pequeña deuda. Nos esperan en una pila que parece recordar cuánto nos falta por hacer. Entre los objetivos de leer más y las listas de títulos imprescindibles, a veces perdemos de vista una razón suficiente para abrir una página: que nos apetezca.
Defiendo una lectura menos pendiente del rendimiento. Podemos pasar una tarde con un cuento, volver a una novela conocida o dejar un libro que no nos está diciendo nada. La cultura no pierde valor porque renunciemos a convertirla en un marcador. Al contrario, quizá recupere una relación más íntima con nuestra curiosidad.
El escritor y docente Daniel Pennac incluye la posibilidad de abandonar y releer entre sus derechos del lector, recogidos en un material docente de la Universidad Nacional de La Plata. Esa libertad permite tratar la lectura como una relación, con encuentros felices y otros que no llegan a producirse.
Un rincón cómodo ayuda, pero no hace falta esperar a tener la casa silenciosa y una hora perfecta. Podemos llevar el libro en el bolso o aprovechar un rato que normalmente se pierde cambiando de pantalla. También escuchar un audiolibro cuando resulte más accesible. El formato debería facilitar el encuentro con el texto, no convertirse en otra prueba que superar.
La psicóloga clínica Mireia Martí menciona la lectura entre los espacios personales que pueden tener cabida durante las fiestas, en las pautas del Parc Sanitari Sant Joan de Déu. Me interesa esa idea de reservar tiempo propio, sin prometer que una novela vaya a resolver lo que necesita otro tipo de cuidado.
Las bibliotecas permiten explorar sin que cada intento exija una compra. Podemos pedir orientación, escoger un libro breve o probar un género al que nunca nos hemos acercado. Hablar después de lo leído también puede ser un placer, siempre que la conversación admita dudas, discrepancias y la posibilidad de no haber entendido todo.
Este otoño no propondría una cifra de libros terminados. Propondría encontrar alguno al que queramos volver al día siguiente. Quizá haya que probar varios antes y quizá uno nos acompañe durante semanas. Cuando una historia consigue hacerse un sitio en la vida cotidiana, el tiempo dedicado a leer deja de parecer una obligación pendiente. Se convierte en un rato que deseamos recuperar.







