Explota la vertiente del nacionalismo moderado acercándose a Junts y adoptando el discurso de Feijóo
El PP catalán escenificó este fin de semana en Barcelona una paz interna tan necesaria como artificial. El congreso que ha encumbrado a Alejandro Fernández como líder indiscutible de los populares en Catalunya ha servido, sobre todo, para cerrar en falso la guerra soterrada que desde hace meses divide al partido sobre cómo relacionarse con el independentismo y, especialmente, con Junts per Catalunya.
La fotografía final del cónclave pretendía transmitir unidad, estabilidad y reconstrucción. Sin embargo, bajo la superficie de aplausos, consignas y discursos de cierre, el mensaje político que emerge deja al descubierto una formación desorientada, atrapada entre el miedo a perder votos por la derecha y la obsesión por parecer una fuerza “útil” dentro del ecosistema político catalán.
La paz interna se ha sellado a costa de asumir buena parte de las tesis impulsadas desde Madrid por Alberto Núñez Feijóo y bendecidas por Isabel Díaz Ayuso: rebajar la confrontación con Junts, abrir la puerta a entendimientos tácticos y normalizar un discurso de aproximación al nacionalismo conservador catalán. Una estrategia que supone, en la práctica, plegarse a las exigencias políticas de quienes llevan años sosteniendo el relato independentista.
El nuevo liderazgo de Fernández nace así condicionado por la necesidad de contentar a todas las almas del partido. A los sectores más duros se les promete firmeza constitucionalista; a los pragmáticos, capacidad de diálogo con Junts; y a Madrid, estabilidad orgánica. El resultado es una posición política ambigua que ni consolida un proyecto alternativo ni logra marcar perfil propio en Catalunya.
El problema para el PP es estructural. Catalunya ha estado históricamente gobernada por socialistas y nacionalistas, las dos grandes culturas políticas que han articulado el poder institucional desde la Transición. El PP nunca ha conseguido romper esa dinámica ni construir una mayoría social suficiente para aspirar seriamente a gobernar la Generalitat. Y este congreso no parece cambiar nada de fondo.
Al contrario. La dirección popular parece asumir que su única opción pasa por competir parcialmente en el terreno ideológico del nacionalismo moderado, intentando disputar espacio a Junts mientras evita aparecer demasiado alejada de la sensibilidad catalana dominante. Pero esa estrategia corre el riesgo de diluir todavía más el perfil del partido y alimentar la percepción de que el PP catalán carece de un rumbo claro.
La amenaza electoral explica buena parte de los movimientos del congreso. El crecimiento de Aliança Catalana en determinados sectores independentistas y el temor a una fuga constante de votos hacia Vox han generado un clima de ansiedad interna en el PP. Los populares observan cómo pierden espacio tanto por el flanco identitario españolista como por el desgaste de un discurso que ya no moviliza como antes.
Ese miedo ha terminado descentrando al partido. El PP catalán intenta frenar la sangría electoral moviéndose simultáneamente en direcciones opuestas: endurece el tono para no perder votantes hacia Vox mientras busca guiños hacia el nacionalismo conservador para no quedar aislado en el Parlament. Una combinación que evidencia la falta de una estrategia sólida y coherente.
El congreso de Barcelona deja, por tanto, una conclusión clara: el PP ha logrado sellar temporalmente sus divisiones internas, pero lo ha hecho a costa de asumir contradicciones profundas sobre su papel en Catalunya. Alejandro Fernández sale reforzado orgánicamente, aunque políticamente hereda un partido que sigue sin encontrar el norte y que, hoy por hoy, continúa muy lejos de representar una alternativa real de gobierno.









