Los antecedentes familiares, el consumo de sustancias y el estado de ánimo son determinantes
El Hospital de Bellvitge y el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) han participado en un estudio que identifica tres factores clínicos que ayudan a detectar el riesgo de conductas relacionadas con el suicidio en personas con trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Los antecedentes familiares de suicidio, la presencia de un trastorno del estado de ánimo (es decir, un trastorno afectivo, como la depresión o el trastorno bipolar), y los antecedentes de consumo problemático de sustancias son determinantes para prever conductas suicidas, según la investigación publicada en la revista Psychiatry Research.
El resultado es especialmente relevante porque estos tres datos se recogen ya habitualmente en la historia clínica. A pesar de analizar múltiples combinaciones de variables mediante técnicas de inteligencia artificial y machine learning, el equipo de investigación comprobó que el modelo con mejor capacidad predictiva se basaba sólo en estos tres factores. A partir de estas variables clínicas fáciles de obtener, el modelo permite identificar qué personas presentan un mayor riesgo de conducta suicida, aunque no permite determinar con certeza qué pasará en una persona concreta.
El trabajo ha estudiado una cohorte de 199 personas con TOC atendidas en la Unidad de TOC del Hospital de Bellvitge y seguidas durante una media de 17,8 años.
Sin embargo, el modelo no permite predecir con certeza qué pasará en una persona concreta. Su capacidad predictiva es moderada y los resultados se han obtenido en una única cohorte, por lo que los autores plantean estos factores como elementos de apoyo a la valoración clínica y señalan que es necesario validarlos en muestras más grandes y diversas.
Riesgo elevado de suicidio
El trastorno obsesivo-compulsivo es un trastorno psiquiátrico caracterizado por pensamientos, imágenes o impulsos intrusivos que generan un malestar importante (las obsesiones) y que pueden llevar a la persona a repetir conductas o rituales mentales (las compulsiones) para intentar reducir la angustia. Aunque históricamente se había considerado que el riesgo de suicidio en las personas con TOC era similar al de la población general, la investigación de los últimos años ha mostrado que presentan un mayor riesgo de pensamientos y conductas suicidas.
«El riesgo de conductas relacionadas con el suicidio en personas con TOC es más elevado que en la población general. Uno de los elementos a tener en cuenta es que muchas personas con TOC presentan también otros trastornos asociados, como la depresión o la ansiedad», explica Cinto Segalàs, de la Unidad de TOC del Servicio de Psiquiatría del Hospital de Bellvitge i miembro del grupo de Psquiatría i Salud Mental del IDIBELL.
Tres factores que ya se pueden valorar en la consulta
El equipo investigador analizó distintas combinaciones de variables clínicas y sociodemográficas para determinar cuáles aportaban más información sobre el riesgo. Las tres que combinadas ofrecieron los mejores resultados fueron los antecedentes familiares de suicidio, la presencia de un trastorno afectivo y los antecedentes de consumo problemático de sustancias. La gravedad de los síntomas del TOC, en cambio, no mejoró sustancialmente la capacidad predictiva.
La principal implicación clínica es que no es necesario aplicar el algoritmo a cada paciente para que los resultados sean útiles. Los tres factores forman ya parte de la información que habitualmente pueden recoger psiquiatras y psicólogos clínicos durante la valoración.
«Las variables ya las tenemos en cuenta en la práctica clínica. No es que apliquemos el algoritmo a cada paciente, pero si una persona presenta estos factores, debemos estar más alerta: podemos hacer un seguimiento más frecuente, valorar si es necesario ajustar el tratamiento o movilizar más recursos asistenciales. El objetivo es adaptar el seguimiento al riesgo ya las necesidades de cada persona», añade Segalàs.
Una mirada a casi dos décadas de evolución
Uno de los puntos fuertes del trabajo es la duración del seguimiento. Las 199 personas incluidas en la cohorte fueron seguidas durante una media de 17,8 años, permitiendo estudiar el riesgo desde una perspectiva longitudinal y no sólo a partir de una fotografía puntual.
«La mayoría de estudios son transversales: te dan una fotografía de cómo está la persona en un momento concreto. El TOC puede tener una evolución larga y, en algunos casos, crónica, y por eso nos interesa saber cómo evoluciona este riesgo a lo largo del tiempo», explica Segalàs.
Una herramienta de orientación, no de certeza
El equipo investigador insiste en que los resultados no deben interpretarse como una fórmula capaz de anticipar una conducta individual. El modelo presenta una moderada capacidad predictiva y el estudio se ha realizado con una muestra limitada procedente de una única unidad especializada. Por eso, los resultados deben entenderse como una primera herramienta de orientación que necesita validación en cohortes más grandes y diversas.
De cara al futuro, el equipo quiere profundizar en la relación entre trauma infantil y otros factores de riesgo y ampliar la muestra en colaboración con otras unidades de TOC. «Nos interesa comprobar si el trauma infantil, aunque no mejore directamente la predicción del riesgo de suicidio, puede estar relacionado con el desarrollo de un trastorno afectivo, que sí es uno de los factores identificados. También queremos ampliar la muestra, en contacto con otras unidades de TOC de toda Europa y del mundo, para mejorar la fiabilidad del modelo», concluye el especialista.
Hablar y buscar ayuda
Coincidiendo con el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, Segalàs recuerda que el suicidio es una conducta compleja y multifactorial que no puede atribuirse a una única causa ni está siempre vinculada a un trastorno mental.
«El mensaje más importante es no evitar el tema. Si una persona expresa ideas de suicidio o un sufrimiento intenso, es necesario buscar ayuda profesional», señala.








