Durante años nos dijeron que la socialdemocracia estaba muerta. que pertenecía al siglo XX, que el Estado del Bienestar era demasiado caro y que palabras como igualdad, solidaridad, justicia social o servicios públicos habían perdido capacidad para movilizar a las sociedades modernas. Quizá se equivocaron.
Lo que está sucediendo en Suecia merece una lectura que vaya mucho más allá de unas elecciones extraordinariamente ajustadas. Los socialdemócratas de Magdalena Andersson han vuelto a ser la primera fuerza y el bloque progresista disputa voto a voto la posibilidad de recuperar el gobierno después de cuatro años de una derecha sostenida y profundamente condicionada por la extrema derecha.
El resultado definitivo todavía debe esperar, pero algo parece evidente: la socialdemocracia resiste.
Suecia y la memoria de Olof Palme
No deja de tener una enorme carga simbólica que ocurra precisamente en Suecia, uno de los países que mejor representó históricamente la construcción del estado social europeo. Olof palme lo expresó con una idea extraordinariamente sencilla: “no existen ellos y nosotros, solo nosotros”. La solidaridad, decía, debía ser indivisible. Ahí se encuentra buena parte de la diferencia entre dos formas de entender la política.
La extrema derecha necesita permanentemente un “ellos”: el inmigrante, el extranjero, el diferente, Europa, los sindicatos, los impuestos. la socialdemocracia nació precisamente para construir un “nosotros”. Y ese nosotros significa sanidad pública, educación pública, pensiones dignas, formación, protección frente al desempleo y oportunidades para incorporarse al mercado laboral.
El Estado del Bienestar no es una abstracción ideológica. Es el médico que te atiende independientemente de tu cuenta corriente; la escuela donde estudia el hijo del trabajador; la pensión después de una vida trabajando; la ayuda cuando aparece el desempleo y la formación que permite comenzar otra vez.
También la socialdemocracia sueca ha cambiado. mantiene hoy posiciones migratorias mucho más restrictivas que las que históricamente defendió la izquierda escandinava, pero existe una diferencia fundamental entre gobernar la inmigración y convertir al inmigrante en enemigo.
Europa necesita normas, fronteras, integración y políticas migratorias ordenadas. pero necesita también humanidad.
Reino Unido: la izquierda que nació de la mina
El Reino Unido ofrece otra enseñanza. También nos dijeron que el laborismo estaba acabado. y regresó al gobierno. Para comprender lo que significa históricamente el labour quizá convenga recordar a Aneurin «Nye» Bevan. Hijo de una familia minera, entró en la mina con catorce años, fue sindicalista y terminó convirtiéndose en el gran arquitecto político del servicio nacional de salud británico.
En 1944 dejó una frase que todavía define una forma de hacer política: “no represento a los grandes jefes de arriba. represento a la gente de abajo”. Ahí está la esencia. La izquierda democrática recupera su sentido cuando vuelve a hablar de la vida de la gente: hospitales, colegios, salarios, vivienda, empleo y pensiones. Y también de seguridad.
Porque seguridad no significa únicamente policía y fronteras. Seguridad es saber que si enfermas habrá un hospital. Que después de trabajar durante décadas tendrás una pensión. Que tus hijos podrán estudiar aunque tú no puedas pagarles una universidad privada. Que perder el empleo no significará caer inmediatamente en la pobreza. Eso también es seguridad.
Italia: entre Gramsci y Meloni
Italia representa otro escenario. Giorgia Meloni consiguió ocupar un enorme espacio político mientras la izquierda permanecía fragmentada, pero empiezan a aparecer liderazgos y experiencias capaces de reconstruir una alternativa progresista.
Entre ellos está Silvia Salis, alcaldesa de Génova, cuya victoria municipal ha llamado la atención mucho más allá de su ciudad. Todavía sería precipitado convertirla en candidata nacional, pero su aparición demuestra que existe un espacio político esperando ser reconstruido.
Antonio Gramsci escribió desde la cárcel una de las frases más inquietantes del pensamiento político europeo: “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno aparecen los fenómenos morbosos más diversos”. Quizá Europa esté viviendo precisamente ese interregno.
La vieja derecha conservadora se debilita, el centro pierde espacio y la extrema derecha intenta ocupar el vacío.
El desafío de la izquierda italiana no consiste únicamente en derrotar a Meloni. Consiste en conseguir que nazca algo nuevo antes de que los monstruos del interregno terminen convirtiéndose en normalidad.
Francia: cuando desaparece el centro
Francia quizá sea el ejemplo más preocupante. Durante años Emmanuel Macron construyó un enorme espacio central que debilitó simultáneamente al partido socialista y a la derecha republicana tradicional. Ahora ese espacio se fragmenta mientras la extrema derecha aparece extraordinariamente fortalecida.
François Mitterrand pronunció en 1995, ante el parlamento europeo, una frase que terminó convirtiéndose casi en su testamento político: “el nacionalismo es la guerra”.
No hablaba únicamente de los conflictos militares del pasado. Advertía a las generaciones futuras sobre una Europa que podía volver a encerrarse en sus fronteras, sus miedos y sus identidades enfrentadas. Treinta años después, aquella advertencia resulta inquietantemente contemporánea.
Porque cuando la derecha democrática intenta competir con la extrema derecha utilizando su lenguaje, sus enemigos y parte de sus propuestas, suele producirse una paradoja: el elector termina prefiriendo el original a la copia. Y la derecha conservadora acaba siendo devorada por aquello que pretendía domesticar.
El verdadero cambio político europeo
Quizá ese sea el fenómeno que estamos contemplando. No simplemente el crecimiento de la extrema derecha, sino la progresiva erosión del espacio político que durante décadas ocuparon conservadores moderados, democristianos y liberales.
Europa se está polarizando. De un lado aparecen quienes construyen políticamente desde el miedo, la identidad y la búsqueda permanente de enemigos. Del otro tendrá que reconstruirse una socialdemocracia capaz de ofrecer protección, igualdad de oportunidades, servicios públicos y seguridad económica. No basta con decir no a la extrema derecha. Hay que explicar para qué sirve la izquierda. Sirve para defender las pensiones, para garantizar la sanidad y la educación públicas, para proteger los salarios, para facilitar el acceso a la vivienda, para formar al trabajador que necesita volver al mercado laboral, para gobernar la inmigración desde la legalidad sin renunciar a la humanidad y para garantizar algo profundamente europeo: que nadie quede abandonado cuando tropiece.
España tampoco está fuera de esta discusión. También aquí la derecha conservadora deberá decidir hasta dónde quiere caminar acompañada por la extrema derecha y la socialdemocracia tendrá que demostrar que continúa siendo útil para la vida cotidiana de millones de personas.
Por eso Suecia es mucho más que Suecia.
El Reino Unido demostró que el laborismo podía regresar. Italia comienza a buscar una alternativa. Francia muestra los peligros de la desaparición del centro. Y sSuecia recuerda ahora que el avance de la extrema derecha no es irreversible.
Palme habló de un “nosotros”. Bevan eligió representar a “los de abajo”. Gramsci advirtió sobre los monstruos que aparecen cuando lo viejo muere y lo nuevo todavía no consigue nacer. Y Mitterrand nos recordó dónde puede terminar el nacionalismo. Cuatro países. Cuatro voces. Una misma advertencia.
Europa tendrá que elegir entre administrar el miedo o reconstruir la esperanza.
La socialdemocracia fue dada por muerta demasiadas veces. Quizá simplemente estaba esperando volver a recordar para qué nació.








