Breve tratado sobre la estupidez arrogante y otras miserias del alma humana
Confieso que, a estas alturas de mi vida, he llegado a una conclusión que quizá no merezca un tratado filosófico, pero sí una buena carcajada: prefiero ser zurdo que gilipollas. Y no por razones exclusivamente ideológicas. Es, fundamentalmente, una cuestión de higiene intelectual y decencia humana.
Los zurdos tenemos nuestras extravagancias. Leemos, soñamos, imaginamos mundos mejores y padecemos la incorregible manía de pensar que la cultura sirve para algo. Algunos incluso conservamos la ingenuidad de creer que la solidaridad ennoblece y que la inteligencia debería acompañarse de cierta bondad.
¡Qué lamentable pérdida de tiempo! Los gilipollas, por el contrario, disfrutan de una existencia mucho más descansada. No necesitan leer porque ya saben. No necesitan escuchar porque ya han sentenciado. No necesitan comprobar una noticia porque el bulo les resulta infinitamente más placentero que la verdad.
EL ZURDO PUEDE EQUIVOCARSE PENSANDO; EL GILIPOLLAS PREFIERE TENER RAZÓN SIN HABER PENSADO JAMÁS.
Miguel de Cervantes, que conocía como pocos las miserias humanas, retrató en Rinconete y Cortadillo una singular cofradía de pícaros dirigida por Monipodio. Aquellos personajes eran capaces de compaginar sus fechorías con una extraordinaria devoción y una no menos admirable opinión de su propia honorabilidad.
Cuatro siglos después, la cofradía parece haber modernizado sus estatutos. Ya no necesita reunirse en un patio sevillano. Tiene redes sociales, tertulias, teléfonos inteligentes y una clientela entusiasta. El Monipodio contemporáneo no siempre roba bolsas: a veces roba la verdad, saquea la reputación ajena y trafica con la credulidad de los incautos. Y, naturalmente, se considera una persona respetabilísima.
¡Cervantes habría disfrutado una barbaridad!
Miguel Gila, que conoció la crueldad y supo desnudarla mediante el absurdo, probablemente habría telefoneado a esta nueva cofradía:
—¿Oiga, es el enemigo? Que se ponga el gilipollas mayor.
—¿Cuál de todos?
—El que todavía no ha terminado de insultar.
Y es que la estupidez, cuando se acompaña de soberbia, alcanza dimensiones verdaderamente artísticas.
Pero lo más despreciable no es la ignorancia. Nadie tiene obligación de saberlo todo. Lo miserable es disfrutar humillando al débil, despreciando al diferente y celebrando el sufrimiento ajeno.
SON MILLONARIOS DE SOBERBIA, INDIGENTES DE EMPATÍA Y AUTÉNTICOS MISERABLES DE LA CONDICIÓN HUMANA.
Manu Sánchez pertenece a esa tradición del humor andaluz que sabe utilizar la ironía para incomodar al poderoso y desnudar sus contradicciones. Porque la sátira inteligente tiene una virtud extraordinaria: permite contemplar la estupidez sin necesidad de arrodillarse ante ella. Naturalmente, la gilipollez no tiene ideología exclusiva. Los hay de derechas, de izquierdas y hasta de quienes presumen de no ser nada, aunque suelen estar muy ocupados siendo insoportables.
Pero algunos han descubierto que la mentira organizada, el insulto permanente y la ignorancia orgullosa pueden convertirse en un negocio extraordinariamente rentable. Antes, el gilipollas aburría a cuatro parroquianos en la barra de un bar. Ahora puede acumular miles de seguidores y aspirar a convertirse en referente nacional.
¡Qué prodigioso avance de la civilización!
LO VERDADERAMENTE PELIGROSO NO ES QUE EXISTAN GILIPOLLAS, SINO QUE LA SOCIEDAD TERMINE CONFUNDIENDO SU MISERIA MORAL CON UNA FORMA DE LIDERAZGO.
Yo seguiré prefiriendo a los zurdos.
A los que leen, crean, dudan, aman, se equivocan y todavía conservan la hermosa insolencia de soñar.
A quienes saben que la cultura no garantiza la bondad, pero que la crueldad deliberada revela una pobreza humana difícilmente disimulable.
Y cuando algún iluminado vuelva a llamarme zurdo, sonreiré.
Porque, como habría comprendido perfectamente Cervantes, hay personajes que no necesitan enemigos para quedar retratados: les basta abrir la boca.
Al fin y al cabo, uno puede sobrevivir sin títulos, sin grandes conocimientos y hasta sin demasiadas luces.
Pero vivir sin escrúpulos, sin compasión y sin humanidad constituye una forma particularmente miserable de desperdiciar la existencia.
MEJOR ZURDOS QUE GILIPOLLAS.
Y, puestos a elegir, prefiero compartir mesa con quienes todavía conservan la hermosa insolencia de soñar que sentarme entre los nuevos cofrades de Monipodio. Aquellos, al menos, sabían que eran pícaros; estos han alcanzado una perfección mucho más inquietante: han terminado creyéndose personas honorables.
Blas Ballesteros Sastre
Abogado y politólogo








